Lo habitual a estas alturas del año es que escribiéramos sobre las Capitales Culturales Europeas o propusiéramos un estupendo viaje, tal y como hacemos cada mes. Volveremos a hacerlo pronto. Pero ahora es momento de pararse, recluirse por nuestro bien y el de todos, y de paso aprovechar para hacer cosas que habitualmente no hacemos. Entre ellas reflexionar con pausa, sin prisa alguna y sin prejuicios. A ver adonde nos llevan nuestros pensamientos.

“Antecedentes” de la crisis del coronavirus

En las últimas semanas hay una película que arrasa: Contagio. Una producción de 2011 con Matt Damon, Kate Winslet y más estrellas de Hollywood. Pese a su reparto y el buen hacer de su director, Steven Soderbergh, el film no tuvo excesiva repercusión. Tal vez por su acongojante trama sobre un virus letal surgido en Oriente, que llega a Occidente por vía aérea y se expande por todo el globo, matando a miles de personas y colapsando la vida tal y como la conocemos.

Contagio de 2011

¿A alguien le suena? Verla hoy, estremece. Es un excelente producto de entretenimiento, pero ahora adquiere otra dimensión, por sus sorprendentes paralelismos con lo que estamos viviendo estos días todos. Lo repetimos porque este es un concepto clave: lo estamos viviendo TODOS.

“Las pestes y las guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”. Lo escribió Albert Camus en 1947. Y racionalmente no tendría que ser así. Contagio, y muchas otras pelis sobre pandemias planetarias, demuestran que somos capaces de imaginar esas situaciones. Por otra parte ya existen numerosos organismos, como la ONU, concebidos para unir a todos los países frente a los peligros comunes. Es decir, somos capaces de visualizar el problema antes de que exista y tenemos herramientas para combatirlo, o al menos, paliarlo. Y sin embargo, la expansión del coronavirus ha demostrado que no existe ningún plan global para tal amenaza.

La peste de Albert Camus

La parte clara en esta actualidad oscura

Está claro que no se puede prever la vacuna para algo que no existía hasta hace unos meses. Así como tampoco se puede almacenar un stock masivo de mascarillas, guantes, respiradores, camas UCI,… Pero es innegable que la creativa imaginación humana ha previsto la catástrofe, así que esa creatividad también podía aplicarse a la gestión política internacional para diseñar un plan de acción global. Es decir, que TODOS los países sigan unos mismos criterios de actuación ante un enemigo devastador y común, que salta fronteras, humilla nacionalismos y desprecia ideologías. No mira pasaportes, ni razas, ni credos. Y sin embargo, ya llevamos meses de grave crisis mundial, y sigue sin haber una respuesta común. Cada país a lo suyo, y el COVID-19 creciendo.

Posiblemente sea una idea de lo más naïf, pero tal vez en poco tiempo, cuando la emergencia se aplaque, se valore esa opción tan utópica y tan revolucionaria. Toda la humanidad actuando al unísono. ¡Verdaderamente revolucionario!

Más “antecedentes”

Daniel Dafoe, el mismo autor de Robinson Crusoe, publicó en 1722 el Diario del año de la peste. En él nos relata las cifras, los daños, los avances y los retrocesos, en la lucha contra la Gran Plaga que asoló Inglaterra en el siglo XVII. Un tipo de informe con un ritmo literario, pero con idéntico espíritu que la rueda de prensa diaria que nos dan las autoridades para informarnos de las cifras, los daños, los avances y los retrocesos.

Ensayo sobre la ceguera de Saramago, de 1995

En 1995, el Premio Nobel de Literatura José Saramago nos abrió los ojos con su Ensayo sobre la ceguera. Una novela brutal sobre una epidemia que deja ciega a toda la humanidad. En realidad, el portugués cuenta una metáfora sobre la insolidaridad de la sociedad y el egoísmo del individuo. Y sin llegar a los extremos del relato, algo de eso hemos visto, y lamentablemente seguimos viendo a día de hoy en nuestras ciudades.

Estallido de 1995

El verdadero potencial de la pandemia

El mismo año que se publicó Ensayo sobre la ceguera llegó a los cines Estallido, centrada en un letal brote epidemiológico en el corazón de África. Para contenerlo se usan los más brutales medios de destrucción. Párense a pensar. El coronavirus ha surgido en una economía puntera y está afectando especialmente a países desarrollados. Al menos eso dicen los datos, porque nadie puede asegurar su expansión actual en el continente africano. Esperemos que sea tan escasa como dicen, pero aún así hay ser conscientes de la devastación catastrófica que semejante virus puede causar para nuestros vecinos africanos. Así que contener su expansión allí, al fin y al cabo, no deja de ser protegernos a nosotros mismos.

El cine y la literatura han reflejado con sus hipérboles y artificios escenarios como el actual. También lo ha hecho la pintura a lo largo de la historia. Cuadros del renacentista Brueghel, del manierista Tintoretto, del barroco Poussin, de pintores neoclásicos, románticos, del gran Goya… todos ellos han plasmado en imágenes el dolor y devastación que suponen las epidemias. Sin duda, son imágenes de otros tiempos, con otros entornos y desde luego con medios sanitarios a años luz de los nuestros (al menos en nuestro privilegiado primer mundo). No obstante, más allá de lo dantesco o espeluznante de las imágenes del pasado, no es difícil sentirse identificado con la sensación de impotencia colectiva y con el dolor por la pérdida que transmiten.

Corral de los apestados de Goya de 1810

El arte, la cultura, en su más amplia acepción, la creatividad, es decir lo que verdaderamente distingue al ser humano de cualquier otra especie, es capaz de aprovechar semejantes situaciones y hallar un resquicio para la creación. Y en cada época se ha hecho con el estilo y las herramientas del momento. Y sin duda hoy en día la tecnología e internet son las herramientas que tenemos a nuestra disposición.

La respuesta

Alucina ver en streaming como la crisis sanitaria y el confinamiento activan los resortes creativos de miles de personas en todo el mundo. Y no es solo cuestión de los artistas de renombre. Muchos otros anónimos cantan, actúan o dibujan para entretenernos por las redes o desde su terraza. Por no hablar de empresas que han transformado sus procesos de producción para crear novedosas mascarillas, batas o materiales sanitarios varios. O Informáticos que adaptan apps para conectar personas con objetivos comunes. Técnicos de cultura y turismo que han activado web-cam y recorridos virtuales, para que podamos evadirnos mentalmente. O entrenadores personales que han rediseñado sus entrenos para que los aprovechen niños o abuelos, O… O… O…

Los ejemplos abundan. Y siempre se sazonan con una generosa dosis de solidaridad. Una solidaridad para TODOS. Una auténtica lección de ciudadanía que debería analizarse por quien corresponda, para aprender de ella. Al igual que habrá que analizar el beneficio ecológico inmediato que está suponiendo ralentizar nuestro frenético ritmo de vida. Es decir, habrá que analizar, tomar nota y extraer las lecciones positivas que nos deja tan tremendo drama.

Salida de la crisis

La palabra crisis proviene del griego, y desde un punto de vista etimológico, viene a significar cambio. Por razones coyunturales, exclusivas de un momento y una situación concreta surgen cambios que provocan una evolución, y por lo tanto se convierten en cambios estructurales. Es interesante tener en mente esta definición, para visualizar la crisis del coronavirus con otros ojos. Evidentemente, lo esencial es vencerlo desde un punto de vista sanitario. Pero soñemos por un momento y veamos que la crisis ya acabado.

Será el momento de comprender la debilidad de TODOS ante amenazas semejantes. Y que la defensa solo es posible con la participación coordinada y al unísono de TODOS. Tal vez, con suerte este dichoso virus nos haga ver ciertas cuestiones con una idea de especie, de conjunto, de humanidad. Hay asuntos que superan los ámbitos personales, ideológicos o de creencias. Tampoco son temas a tratar como nación, ni siquiera como continente.

Nos encanta usar la palabra globalización. Y nos encantan los aspectos positivos de la misma. Nos maravilla ver como se lanza un nuevo teléfono móvil, un coche o una consola al mismo momento en diferentes tiendas del mundo, independientemente de husos horarios, monedas, lenguas o continentes. Es la cara A de la globalización. La cara B es el coronavirus. ¿Por qué no luchar todos contra él con idéntica precisión, TODOS coordinados, con la misma estrategia, sea donde sea, al mismo tiempo y con las mismas herramientas?

Se han fijado que muchas conversaciones con amigos y familiares acaban con un “algo aprenderemos de esto”. Ojalá.